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LA OBLACIÓN IRREVOCABLE

"...debemos ofrecernos una y otra vez cada día, especialmente en la Misa, esforzándonos en hacer nuestra entrega cada vez más perfecta...   solamente por nuestra entrega total podemos identificarnos completamente con la Iglesia como imágenes vivas suyas".

"..todo religioso está consagrado a Dios como holocausto para la salvación de las almas.

Si los religiosos están consagrados, lo están como víctimas.  Si los votos no significan esto, carecen de todo sentido.  La Religión es una vida de perpetua penitencia, de muerte diaria de sí mismo..  Las reglas Religiosas son las rúbricas según las cuales ofrecemos el sacrificio de nosotros mismos y del que ya hemos hecho voto a Dios.  Por medio de la profesión religiosa nos entregamos como don perpetuo e irrevocable a Dios para ser quemados enteramente como holocausto en el fuego de caridad del Espíritu Santo.

La Caridad es el don de Dios:  esta Caridad es encendida sólo desde el cielo por el Espíritu Santo.   ..por lo tanto, en el ofertorio de la Misa, nos disponemos diariamente, unidos a nuestra madre la Iglesia, a ser sacrificio para Dios y a presentarnos a las llamas de la Caridad del Espíritu Santo para que seamos consumidos para la Gloria de Dios.  Nuestra acción característica está en hacer la ofrenda de nosotros mismos;.   El arder con la llama del Amor es obra de Dios."

(Tomado del libro La vida religiosa, Liturgia viva.  Paul Hinnebusch, O.P.)

LO MAS GRANDE ES.. EL AMOR!!

Ultimas Conversaciones. 

Sta. Teresita del Niño Jesús

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PARA COMPARTIR CON USTEDES!
VER:
 

 

 

 

 

 

MUSICA

6-Te Amo.mp3 (3842548)

 

De la Constitución pastoral Gáudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano segundo
(Núms. 37-38)

TODA LA ACTIVIDAD DEL HOMBRE HA DE SER PURIFICADA POR EL MISTERIO PASCUAL

La sagrada Escritura, con la cual está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña a la familia humana que el progreso, altamente beneficioso para el hombre, también encierra, sin embargo, una gran tentación; pues los individuos y las colectividades, si llega a quedar subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Con lo cual el mundo no es ya el ámbito de una auténtica fraternidad, al tiempo que el poder creciente de la humanidad amenaza con destruir al propio género humano.

Si nos preguntamos cómo es posible superar tan deplorable calamidad, debemos-saber que la respuesta cristiana es la siguiente: hay que purificar y perfeccionar por la cruz y resurrección de Cristo todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y del egoísmo, corren diario peligro.

El hombre, redimido por Cristo y hecho en el Espíritu Santo nueva creatura, puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe, y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de Dios. 

Dando gracias por ellas al Bienhechor y usando y gozando de las creaturas con pobreza y libertad de espíritu, el hombre entra de veras en posesión del mundo, como quien nada tiene y es dueño de todo. Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho él mismo carne y habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia del mundo, asumiéndola y constituyéndose él mismo como centro y cabeza de todas las cosas. Es él quien nos revela que Dios es amor, a la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana y, por tanto, de la transformación del mundo es el mandamiento nuevo del amor.

Así, pues, a los que creen en el amor divino les da la certeza de que el camino del amor está abierto para el hombre, y que el esfuerzo por instaurar la fraternidad universal no es una utopía. Al mismo tiempo advierte que esta caridad no hay que buscarla únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria.

Él, sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con su ejemplo que hemos de llevar también la cruz, que la carne y el mundo echan sobre los hombros de quienes buscan la paz y la justicia.

Constituido Señor por su resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo también, con ese deseo, aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin.

Mas los dones del Espíritu Santo son diversos: pues mientras llama a unos para que den un manifiesto testimonio, por medio de su ardiente anhelo de la morada celestial, y conserven así vivo este anhelo en medio de la humanidad, a otros los llama para que se dediquen al servicio temporal de esa humanidad, y preparen así el material del reino de los cielos.

A todos, sin embargo, los libera, para que, con la abnegación propia y por el empleo de todas las energías terrenas en pro de la vida humana, proyecten su preocupación hacia los tiempos futuros, cuando la humanidad entera llegará a ser una ofrenda acepta a Dios.

 

MÙSICA

11-Amor Divino.mp3 (3751642)

 

 

 

 

 

TRATADO SOBRE NUESTRA ESPIRITUALIDAD

 

 

VER:  http://morandoenelcorazondecristo.

blogspot.com/p/blog-page_2.html

 

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“En tu naturaleza, Deidad eterna, conoceré la mía. 

Y ¿cuál es mi naturaleza, Amor inestimable? 

Es fuego, 

porque tú no eres otra cosa que fuego de amor. 

A todas las cosas y criaturas, las hiciste por amor.”

(Sta. Catalina de Siena)

 

 

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17Canto de esperanza.mp3 (3571915)

 

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PRESENTACIÒN POWER POINT:

En el CORAZÒN de la Iglesia

SOMOS EL AMOR.ppsx (3,7 MB)

           

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Nuestro  Carisma y  Espiritualidad  ha sido un  retoño nuevo que Dios  hizo  brotar en el campo de la Iglesia.   

 Profesamos   la  perfección  del   Santo  Evangelio, que es EL AMOR,  es nuestra propia Espiritualidad centrada en el  Corazòn del Dios hecho Hombre, El Amante por excelencia.  Nos comprometemos en  Alianza Esponsal  para  ser cada una de nosotras AMOR :  Amar y hacer amar a JESÙS,  es un deseo y un compromiso con la Iglesia  y la humanidad.

 

VER TAMBIÈN:  www.morandoenelcorazondecristo.blogspot.com 

          www.desde-el-desierto.webnode.com.ve    

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Dios, en su misericordia, nos ha hablado al corazón, y  nos  ha inspirado una Forma  de Vida  con  el  Carisma  de  ser  anacoretas,  habitando  varias  ermitañas  en  un  mismo  lugar,  teniendo  una  Espiritualidad  común,  viviendo  en   prolongada  soledad  durante  la  semana  y  con momentos  de encuentros  fraternos  los domingos  y  solemnidades.

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 Con  la  visión eclesial de la Comunión de los Santos,  sentimos un familiar  parentesco  con  los antiguos Padres del  Desierto como  referencia externa de vida,  y  emularlos en la construcción de la “Laura” como estilo de monasterio, es decir, que existen además de  las celdas internas,  celdas  al  aire libre, separadas unas de otras por  cortos  senderos.

 

  Nuestra  Espiritualidad   está  centrada  en  el  Corazón de Jesús,  como Misterio  que  expresa  “…Todo  el  Amor  de  Dios  contenido en  un Corazón Humano, en  el Rostro de un Hombre”… ( Benedicto XVI ),   y  esta  forma de  vivir  se  desarrolla  en  dos  tiempos  denominados:  “Gran  Silencio”  y  “Compartir Fraterno”.    

 

 La responsable de la “laura” se denomina: Guardiana.   Tenemos  hábito propio distintivo.  Y  vivimos  bajo la protección maternal de María, acogiéndonos  a su Inmaculado Corazón.

 

Esta vocación está expresada con acierto en los pasajes transcritos a continuación:

La vocación de soledad es entregarse, darse, confiarse completamente al silencio de un ancho paisaje de bosques, colinas, mar o desierto; permanecer inmóvil mientras el sol sale en esa comarca llenando de luz sus silencios.  Rezar y trabajar por la mañana, orar, trabajar y descansar por la tarde, y sentarse nuevamente a meditar y orar en el crepúsculo cuando la noche cae y el silencio se llena de oscuridad y estrellas. Esta es una verdadera y especial vocación, dejar que el silencio y la soledad impregne nuestros huesos”. ( Thomas   Merton.  “Pensamientos de la Soledad”.   Pag.  63)                          

 

…“Es la vida del llevado por el Padre al desierto para que no se nutra con otro alimento espiritual que Jesús.  Pues en Jesús el Padre se da a nosotros y nos nutre con su vida inagotable.  Por lo tanto, la vida de soledad tiene que ser una continua comunión y acción de gracias en la cual contemplamos mediante la fe todo lo que ocurre en las profundidades de Dios, y perdemos el gusto por cualquier otra vida o cualquier otro alimento espiritual”.  (Idem, p. 67).

 

         No buscamos la soledad sólo “como una atmósfera o medio para vivir la contemplación, sino como una expresión del  total  don de sí mismo a Dios”.  Nos sentimos  también   llamadas  a  una “función  o  labor especial en el sótano espiritual de la Iglesia”.   Esta  puede  ser  una vocación incomprendida para muchos, hasta “peligrosa”, como una evasión de la comunidad, por ejemplo;  pero las Ermitañas del  Corazón de Jesús  experimentamos  la irresistible  necesidad  de  la  soledad  con  el  equilibrio  sereno  de  ser   fraternas.    Nuestra  índole  propia  es   la vivencia  del  Amor  a  JESÚS   en  dedicación  exclusiva  y  a  tiempo completo como anacoretas,  y   el  espejo  de  esta    Espiritualidad  que  nos caracteriza  se  refleja  en  nuestro  deseo  vivir  el  Amor  fraterno  como  eco   del   Corazón  de  Cristo  que  nos  dejó  Su  Mandamiento Nuevo.

 

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EL CORAZÒN DE JESÙS EN SANTA GERTRUDIS

VER: http://morandoenelcorazondecristo.blogspot.com

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FUENTE DE SALVACIÒN Y VIDA VERDADERA

Del tratado de san Juan Eudes, presbítero, sobre el admirable Corazón de Jesús
Libro 1,5: Opera omnia 6,7. 113-115

Te pido que pienses que nuestro Señor Jesucristo es realmente tu cabeza y que tú eres uno de sus miembros. Él es para ti como la cabeza para con los miembros; todo lo suyo es tuyo: el espíritu, el corazón, el cuerpo, el alma y todas sus facultades, y tú debes usar de todo ello como de algo propio, para que, sirviéndolo, lo alabes, lo ames y lo glorifiques. En cuanto a ti, eres para él como el miembro para con la cabeza, por lo cual él desea intensamente usar de todas tus facultades como propias, para servir y glorificar al Padre.

Y él no es para ti sólo eso que hemos dicho, sino que además quiere estar en ti, viviendo y dominando en ti a la manera que la cabeza vive en sus miembros y los gobierna. Quiere que todo lo que hay en él viva y domine en ti: su espíritu en tu espíritu, su corazón en el tuyo, todas las facultades de su alma en las tuyas, de modo que en ti se realicen aquellas palabras: Glorificad a Dios con vuestro cuerpo, y que la vida de Jesús se manifieste en vosotros.

Igualmente, tú no sólo eres para el Hijo de Dios, sino que debes estar en él como los miembros están en la cabeza. Todo lo que hay en ti debe ser injertado en él, y de él debes recibir la vida y ser gobernado por él. Fuera de él no hallarás la vida verdadera, ya que él es la única fuente de vida verdadera; fuera de él no hallarás sino muerte y destrucción. Él ha de ser el único principio de toda tu actividad y de todas tus energías; debes vivir de él y por él, para que en ti se cumplan aquellas palabras: Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

Eres, por tanto, una sola cosa con Jesús, del mismo modo que los miembros son una sola cosa con la cabeza y, por eso, debes tener con él un solo espíritu, una sola alma, una sola vida, una sola voluntad, un solo sentir, un solo corazón. Y él debe ser tu espíritu, tu corazón, tu amor, tu vida y todo lo tuyo. Todas estas grandezas del cristiano tienen su origen en el bautismo, son aumentadas y corroboradas por el sacramento de la confirmación y por el buen empleo de las demás gracias comunicadas por Dios, que en la sagrada eucaristía encuentran su mejor complemento.

 

 

Tras de un amoroso lance, 
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

1. Para que yo alcance diese
a aqueste lance divino,
tanto volar me convino
que de vista me perdiese;
y, con todo, en este trance
en el vuelo quedé falto;
mas el amor fue tan alto, 
que le di a la caza alcance.

2. Cuanto más alto subía
deslumbróseme la vista,
y la más fuerte conquista
en oscuro se hacía;
mas, por ser de amor el lance
di un ciego y oscuro salto,
y fui tan alto, tan alto, 
que le di a la caza alcance.

3. Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido,
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba;
dije: ¡No habrá quien alcance!
y abatíme tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto, 
que le di a la caza alcance.

4. Por una extraña manera
mil vuelos pasé de un vuelo,
porque esperanza del cielo
tanto alcanza cuanto espera;
esperé solo este lance,
y en esperar no fui falto,
pues fui tan alto, tan alto, 
que le di a la caza alcance.

 

      San Juan de la Cruz

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"...SU MISERICORDIA ES ETERNA

SU FIDELIDAD 

POR TODAS LAS EDADES.."  

(Salmo 99 )

 

EL ROSTRO DE LA MISERICORDIA

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_letters/documents/

papa-francesco_bolla_20150411_misericordiae-vultus.html

 

 

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"EL  AMOR DE DIOS

MANIFESTADO EN  CRISTO JESÙS,

SEÑOR NUESTRO"

 

MUSICA

09 Rey vencedor.mp3 (4528513)

 

Nuestra Forma de Vida:

Es la dedicación exclusiva a estar con JESUCRISTO en dulce soledad y silencio, donde el horario y el tiempo pierden su implacable dominio adquiriendo la serenidad, aún en el trabajo, de la vida desprendida de las cosas de la tierra; embriagadora realidad donde tenemos presentes las necesidades de la Iglesia y de todos los hombres, para  unirlos  en  nuestra  propia  oblación,  a   la  Pasión de Cristo.

 

Tener presente:

 

QUE  El  AMOR tiene la primacía sobre todas las cosas. Conocer a Jesús es conocer a DIOS que se hace cercano a nosotras en realidad de HOMBRE, para decirnos que ÉL es el único que nos conoce plenamente y sabe dónde está nuestra plena felicidad: SÓLO EN ÉL.   Abrirle nuestro corazón, escucharle, estar con Él, es encontrar el verdadero camino para hallar esa ansiada felicidad, pues fuimos creadas para Él,  y nuestro corazón no encontrará reposo, sino cuando descanse en ÉL.  (Tomado de nuestros Estatutos Generales) 

 

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EL AMOR DE CRISTO

EXCEDE TODO CONOCIMIENTO

VER:  

www.morandoenelcorazondecristo.blogspot.com

Quien posee el amor de Dios, encuentra en ello tanta alegría 

que cualquier amargura se transforma en dulzura, y todo gran peso se vuelve ligero.

Dios es amor; el que está en el amor habita en Dios y Dios habita en él.

Viviendo en Dios, por tanto, no se puede tener amargura alguna, 

porque ¡Dios es delicia, dulzura y alegrías infinitas!

¡Es esta la razón por la que los amigos de Dios son siempre felices!

 Aun enfermos, indigentes, afligidos, atribulados, perseguidos, nosotros estamos alegres.

Abraza a Jesús crucificado, amante y amado, y en él encontrarás la vida verdadera, 

porque es Dios que se ha hecho hombre. 

¡Ardan tu corazón y tu alma por el fuego de amor obtenido de Jesús clavado en la cruz!.

Debes, entonces, transformarte en amor, mirando al amor de Dios, que tanto te ha amado, 

no porque tuviera ninguna obligación,

 sino por pura donación, empujado sólo por su inefable amor.

Santa Catalina de Siena

 

 

EL TEMPLO CRÌSTICO:  ORAR EN JESÙS

 

VER EN:

 

http://www.morandoenelcorazondecristo.blogspot.com

 

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CORONILLA  en honor al 

CORAZÒN AMANTE 

de JESÙS

VER EN:  

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    EL MONTE TABOR

    EL SENTIDO DE CRISTO

VER:  http://desde-el-desierto.webnode.com.ve/

 

 

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MÙSICA

04 Llegaste a mì.mp3 (3581923)

 

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GRANDES CONVERTIDOS  

GRANDES AMANTES DE JESÙS

 

El desierto de Magdalena:
la compunción
 
Le son perdonados sus muchos pecados 
puesto que amo mucho (Lucas 7,7)
 
Aceptemos la tradición que venera a María Magdalena en el desierto de la 
Sainte Beaume. El monaquismo la honra como Patrona. Medita los versos que 
le dedica el Evangelio y síguela de corazón en su retiro. Su ejemplo te infundirá 
grandes ánimos. No eres mejor que ella ni más que ella mereces la misericordia del 
Señor. Eso que en sus extravíos la excusaba una ignorancia que no puedes tú alegar. 
De común con ella tienes el ser una oveja perdida que el Salvador ha buscado y 
traído sobre sus hombros al redil (Lucas 15,4-7).
Y en el desierto ¿qué hizo? Sin duda expió con dura penitencia. Sobre todo 
recordaba la luz de la inolvidable mirada con que Jesús la envolviera. ¿No piensas 
alguna vez en esa mirada extraordinaria de Cristo cuyo benéfico poder menciona a 
menudo el Evangelio? “La miró y la amó.”
En tu caso, como en el de Magdalena hay que invertir los términos: te ama y 
te mira. El te amó primero (1 Juan 4,10). Tu deber en el desierto es vivir bajo esa 
mirada. Dios no aparta sus ojos de ti. Bueno es no echar en olvido que “ven sus 
ojos el mundo, y sus párpados escudriñan a los hijos de los hombres” (Salmo 10,4); 
que “los ojos de Yavé están en todas partes observando a los buenos y a los malos” 
(Proverbios 15,3); que tus obras están escritas “en su libro” (Salmo 138,16).
No creas que sea una mirada glacial y terrorífica; Dios sigue siendo Padre en 
su justicia. Hasta cuando apenas si pensabas en él y sorbías el pecado como agua, 
El posaba en ti una mirada de misericordia: su gracia te penetraba para traerte a 
penitencia. ¿ Por qué esa preferencia? “Amé a Jacob más que a Esaú.” ¿Por qué? San 
Pablo responde: “Tiene misericordia de quien quiere, y a quien quiere endurece.” Oh 
hombre! ¿Quién eres tú para exigir cuentas a Dios?” (Romanos 9, 14, 20).
Magdalena, incansablemente, rumiaba aquella misericordia incomprensible 
cuya fascinadora ternura captara en la pupila de Jesús, en casa de Simón el Fariseo. 
Creyó ella haber, tomado la iniciativa de su arriesgada determinación; era la gracia 
de Cristo la que la atraía. De lejos la veía en sus perplejidades, como divisaba a 
Natanael bajo la higuera, e invisiblemente sugería a su alma los pasos a dar y le 
infundía la fuerza de darlos. Fue la voluntad de Jesús la que dobló las rodillas de 
la pecadora y quebrantó su corazón. Así hizo contigo. Magdalena pudo entonces 
levantar hacia El unos ojos que reflejaban un alma purificada, transfigurada, 
abrasada. No podrá ya olvidar la mirada de Jesús que le decía: “Tus pecados te son 
perdonados... Tu fe te ha salvado, vete en paz” (Lucas 1,48); ni aquella otra mirada 
iluminada con claridades de Bienaventuranzas, con que la abrazaba cuando sentada 
a sus pies contemplaba en El al Verbo hecho carne (Lucas 10,39); ni, en fin, la 
mirada de noble gratitud con que le pagaba la unción de Betania. Los ojos de Jesús 
fueron la lámpara de su gruta provenzal.
 
 
El sentimiento punzante de sus miserias pasadas suscitaba siempre en ella un 
asombro renovado ante las privaciones de que se juzgaba indigna y que sin embargo 
acogía sin reticencia, con un corazón arrebatado, tan viva era su fe en el perdón 
divino.
Si quieres ser feliz en el desierto tienes que apropiarte esa misma fe. Los 
hombres no saben perdonar. Tal vez encuentres siempre Simones para echarte en 
cara tus faltas, como si, no pocas veces, su virtud fuese otra cosa que pura fortuna. El 
hombre pecador se acuerda, Dios ofendido olvida.
“Aunque vuestros pecados fuesen como la grana, quedarían blancos como la 
nieve. Aunque fuesen rojos como la púrpura vendrían a ser como la lana blanca” 
(Isaías 1 ,18). Ha echado “tras de sí” todos nuestros pecados, y no recobrarán vida en 
su memoria (Isaías 38,17). Aplícate estas confesiones divinas: “¿No es Efraín mi hijo 
predilecto, mi niño mimado? Porque cuantas veces trato de amenazarle, me enternece 
su memoria, se conmueven mis entrañas” (Jeremías 31,20).
La compunción deja de ser auténtica sin esa confiada y tranquilizadora certeza. 
Desconfiar del perdón es injuriar .al corazón paternal de Dios. Si el Ermitaño llora 
al recordar sus extravíos, que sean lágrimas de gozo. Dios es más admirable cuando 
restaura que cuando crea. En la vida espiritual nada será definitivo, pero tampoco hay 
nada irreparable.. El P. de Foucauld escribía a L. Massignon: “No, las faltas pasadas 
no me espantan... Los hombres no perdonan porque no pueden devolver la inocencia 
perdida; Dios perdona porque borra hasta las manchas y devuelve en plenitud la 
hermosura primera.”
Sólo el demonio puede insuflar el desaliento. ¿Por qué razón sus patrañas iban a 
tener más peso que la palabra de Dios? “Yo te he formado, tú estás para servirme... 
Yo he disipado .como nube tus pecados, como niebla tus iniquidades. Vuelve a mi, 
que Yo te he rescatado” (Isaías. 44, 21). “Por mí lo juro, sale de mi boca la verdad, y 
es irrevocable mi palabra” (Isaías 45,23).
Aún así, ¿ te interesa expiar? Hazlo más con el fuego del amor que con la fiereza 
de las maceraciones. ¿ Crees que Magdalena fue perdonada a poca costa? Sólo una 
cosa le pedirá el amor: subir al Calvario, estarse al pie de la Cruz y contemplar el 
horrible suplicio del objeto más sublime de su amor. No se le dejará ni decir una 
palabra, ni esbozar un ademán por calmar sus dolores o infundirle ánimo. Para la 
pecadora, esa viene a ser la satisfacción más singular y terrible.
Averigua ahora algo que ignoraba todavía: la atrocidad y malicia de la ofensa 
hecha a la Majestad del Dios trascendente. En la perspectiva del Cristo sonriente de 
Betania, su pecado tenía proporciones humanas. En el Calvario, de golpe, mide la 
inmensidad de su falta al manifestarse en todo su rigor la justicia del Padre, que no 
perdona ni a su Hijo único (Romanos 8,32). No puede menos de ver con sus propios 
ojos lo que es la reparación de valor infinito de una ofensa, la suya, de malicia 
infinita. Antes que San Pablo ella se dice: “Me ha amado y se ha entregado por mí 
(Gálatas 2,20). Ve de adivinar la sacudida, el enajenamiento, el quebranto de aquel 
corazón enamorado. Conserva en su memoria visual las últimas miradas de Jesús, tan 
preñadas de tristeza, de angustia, de pavor, con ciertos destellos extraños como de 
desesperación: “Padre, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27,46).
Nada le será ahorrado a Magdalena: las blasfemias, los gritos de odio, las burlas, 
el ruido de los martillos, los gemidos del condenado, le despedazan los nervios y 
el corazón. Desde el centro mismo de la escena puede contemplar el tormento de 
cada músculo del Salvador cuyo cuerpo es todo una llaga, y le es dado reconocer 
la horrenda eficacia de sus caídas. Ahora es cuando descubre lo que son realmente 
para Dios el orgullo, la lujuria, los amores ilícitos, el egoísmo. Aquí el pecado es 15
despojado de las circunstancias concretas que le dan su hechicero encanto. Cuando 
Jesús pronunció el “tengo sed”, no se le consintió a Magdalena como tampoco a la 
Virgen, que le ofrecieran el menor alivio.
¡Horas dramáticas! ¡Crisol justiciero para aquella amante de Jesús! Fue el castigo 
de sus pecados, la más atroz satisfacción. Tenía aquel corazón que ser estrujado en el 
lagar del Gólgota hasta la última gota de sus deleites pecaminosos.
Su único consuelo fue aquella postrera mirada de Jesús, vuelto hacia su Madre 
para decirle: “Mujer, he ahí a tu hijo” (Juan 19,26). Pero ¡qué mirada. En el fondo de 
esos ojos velados por lágrimas, sudor y sangre! Ya la muerte proyectaba en ellos su 
sombra. Magdalena se preguntaba cómo podían ser aquéllos los ojos de Betania...
Así fue la compasión de Santa María Magdalena, el acto final del perdón divino, 
satisfacción más cumplida, en un instante, que toda una vida de ayunos, vigilias, 
flagelaciones. Lo probable es que en su desierto de Provenza no pasó un solo día sin 
revivir las horas cumbres de la Humanidad, que fueron su propio Calvario.
Deja que tu amor de Ermitaño medite la Pasión de Jesús desde el ángulo que te 
concierne a ti, como lo hicieron Magdalena, Pablo y tantos otros santos. Pascal se 
queda corto cuando le hace decir a Jesús: “Por ti derramé tal gota de mi sangre.” Es 
todo. la sangre la que ha sido vertida por cada uno de nosotros. Tal vez encuentres 
sabor especial en salmodiar cada una de las Horas Canónicas, unido a Cristo en 
este o aquel momento de su martirio, en pasar todos los días un rato en el Calvario, 
aunque sólo sea mediante la evocación explícita del sacrificio cruento del Redentor al 
asistir a Misa.
Lamentas ser de pedernal cuando recuerdas tus faltas. Es probable que la 
metafísica del arrepentimiento te afecte medianamente. Si llegas a enamorarte 
apasionadamente de Jesús ninguno de sus tormentos te dejará indiferente, insensible, 
y la convicción de la parte que en ellos te corresponde, te hundirá en el corazón el 
dardo del pesar y de la detestación. Cuando realices el análisis de tus sentimientos 
no lo hagas con sutilezas. La contrición genuina no puede abolir cierta complacencia 
animal de la naturaleza, cierto encanto refinado al recordar el placer gustado. Duélete 
de la ofensa inferida a Dios, si no consigues detestar sensiblemente la voluptuosidad 
que te embargó. Más claro que tú ve el Señor en los oscuros repliegues de tu alma; 
deja en sus manos el juicio. ¡Dichoso Pedro cuyas lágrimas cavaron barrancos en las 
mejillas! Es cuestión de gracia. Se requiere tiempo para bajar tan hondo en la propia 
miseria; no se conoce la malicia del pecado sino expiándolo.
Empieza por amar; el amor engendra la compasión y de la compasión nace la 
penitencia.
El corazón del Ermitaño debe estallar o ablandarse en la cercanía de Dios, so 
pena de no abrirse a las llamadas del Amado que desea tenerlo como comensal: “He 
aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en 
su casa y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3,20).
Hay que estar limpio. Ejercítate en esa delicadeza de conciencia que no es 
escrúpulo sino sentido del pecado. Es fruto del espíritu de adoración y del don de 
temor. Si en alguna parte se ha encomendado la confesión diaria es en el yermo.
La compunción se ha de iluminar siempre con las claridades de la gloria; de lo 
contrario, se hunde en la desesperación. Mejor que nadie lo sabía Magdalena, que 
vio la primera al Señor en la mañana de Pascua. Sin echar en olvido un punto de las 
angustias del Gólgota, tampoco dejó en su desierto de oír el acento personalísimo 
de la voz de Jesús llamándola por su nombre familiar: “¡Myriam!”. En ese momento 
volvió a descubrir la mirada de Betania irradiando una majestad glorificada que a 16
su vez le aseguraba a ella la dicha futura. Desde ese día, Magdalena vivió la vida 
de resucitada, tal como la iba a definir San Pablo. A ejemplo suyo, los anacoretas 
han fijado su sala de espera más allá de este mundo, y se ingenian por vivir como si 
hubiesen traspuesto ya el umbral de la eternidad.
“Para nosotros, escribe el Apóstol, nuestra patria está en los cielos, de donde 
esperamos ardientemente al Salvador, al Señor Jesucristo. El transformará nuestro 
miserable cuerpo haciéndolo conforme a su cuerpo de gloria en virtud de la fuerza 
eficaz que posee de someter a sí todas las cosas” (Filipenses 3,20-21).
La conciencia del pecado debe hacer rebotar el alma hacia esas alturas. La 
historia de nuestra desgracia personal no termina con la confesión, por humilde que 
sea. Se continúa en su redención y culmina en la gloria. En el texto de la Epístola 
a los Filipenses San Pablo, una vez más, nos invita a la santidad, a partir del hecho 
de la Resurrección corporal de Cristo que confirma nuestra resurrección espiritual. 
Bien muerta al pecado estaba Magdalena y su corazón volaba en pos de su tesoro: 
Jesucristo en su triunfo.
El Ermitaño ve que su destino de gracia ilumina su soledad, pero con la 
condición de mantener hasta el último aliento la voluntad de no pedir a la tierra nada, 
de entender a la letra la consigna del Apóstol: “Si, pues, resucitasteis con Cristo, 
buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; pensad 
en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque estáis muertos y vuestra vida 
está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, 
entonces también vosotros apareceréis con él llenos de gloria” (Colosenses. 3,1-4).
Colmado como has sido por Dios, esmérate por ser la alegría de su corazón. 
Sé, en el desierto del mundo, un fruto suculento de su gracia. 
Como uvas en el desierto hallé Yo a Israel (Oseas 9,10).
 
Tomado de El Eremitorio (cap.IV)
 

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